lunes, octubre 21, 2019

Cenotaph, reseña.



Histórico. Así fue el concierto de Cenotaph el sábado pasado en el Circo Volador. Sí, pudo haberse llevado al foro grande y aunque probablemente no habría llenado todo el inmueble, seguramente las cerca de 1, 200 personas que caben en la parte de abajo, hubieran llegado. ¿Por qué no se hizo ahí entonces? Buena pregunta, aunque algo me dice que al ver la pre venta, los organizadores habrán pensado que sería un Lobby muy bien logrado. Probablemente les faltó imaginar que el mero día, seguramente llegaría mucha gente, a pesar de que constantemente se avisó que, de quedarse en el Lobby, el boletaje podría agotarse. Y así fue. Eso, sin embargo, es lo de menos, el punto era ver si nuestra escena está lista para asistir en buenas cantidades a un concierto exclusivamente de bandas nacionales, de metal extremo además, con precio de 450 pesos. Lo que debería ser la norma pues, aunque estemos acostumbrados a pagar 50 pesos y sentir que es carísimo, un abuso y que la mayoría sólo los paga porque Dios es grande.

Me tocó llegar justo unos minutos antes de las 7:30, hora en la que estaba anunciado Majestic Downfall, desde mi perspectiva, una de las más grandes glorias “actuales” que tiene nuestra escena. Desde la mañana se había anunciado que no había más boletos, pero al llegar, la cantidad de gente que estaba en espera de que por alguna razón se liberaran más entradas era bastante considerable. Llegué desde Calzada La Viga, y una vez cruzado el Viaducto quedó claro que se trataba de un show predominantemente “vieja escuela”, pues la lateral y locales que normalmente ofrecen servicio de estacionamiento estaban llenos de autos.

Mi caso era justamente una buena muestra de este encuentro generacional: yo, cerca del tostón, Kelpy Interesante, apenas pasados los 30 de edad. Ya ahí calculo que la proporción habrá sido un 70-30 entre vieja guardia y generaciones más jóvenes, lo cual también era interesante, significaba que los más jóvenes tendrían acceso a una banda que dominó los escenarios en los 90, cuando muchos de ellos apenas usaban pañal. Para otros, nos significaba ver en vivo por primera vez a una banda que conocimos en su momento pero que por diversas causas nunca vimos, y para otros, era un reencuentro esperadísimo.

Por causas personales no pude llegar antes, pero si lo hice a tiempo para degustar del Doom/Death de Majestic Downfall, proyecto de Jacobo Córdova que, a pesar de haber iniciado desde 2006 -en ese tiempo como proyecto unipersonal que sacaba discos nada más-, apenas hace tres o cuatro años se convirtió en banda formal.

Lo suyo es un Doom cargado con toques Death de excelente calidad. La brutal pesadez de la música es directamente proporcional a la gravedad distorsionada del bajo y la enorme capacidad de Dah, Aly y Alfonso en las guitarras y batería, respectivamente. Enorme presentación con un estilo de música que no es, y probablemente nunca será, del gusto de las masas. Para la hora de su presentación el Circo estaba casi lleno, y la respuesta de la gente fue muy buena. Hubo quienes se confundieron y aplaudieron lo que parecía el final de alguna canción, aunque en realidad eran pasajes Doom de esos en los que la estridencia da paso a momentos de tranquilidad sonora, lo cual fue sublime. Si te gusta el metal lento, muy pesado y presentado en composiciones largas y avasalladoras, Majestic es para ti.

Después fue turno para Rex Defunctis, banda regiomontana de la cual debo admitir que no sabía nada. Es más, supe que eran regios ya en el Circo. Con ese desconocimiento lo que restaba era escucharlos con respeto y esperar a Cenotaph, o al menos eso suponía, porque con el paso de algunos minutos quedó claro que era una gran banda. Doom también, aunque más con toques tipo Stoner, su presentación se convirtió en un manto envolvente que terminó por ganar a un nuevo fan. Vaya demostración de calidad, de ejecución instrumental, de dominio del género. Después supe gracias a Victor Varas y a algunas páginas de referencia que tiene miembros de los legendarios Argentum y de Occulus. Con un sonido más influenciado por bandas como Trouble y Saint Vitus, su presentación fue sencillamente excepcional, y debido a que tiene más partes “movidas”, provocó un mosh pit intenso y de buen tamaño que sirvió de preludio para lo que venía. Su único disco en formato larga duración, “Tenebram Vobiscum”, es distribuido por Chaos Records, y su demo “Cofani Funebri”, en caset, lo distribuye en México Death in Pieces Records, ambos sellos nacionales.
Los primeros en tocar fueron los mexiquenses Hellsphere, quienes se autodenominan como obscure heavy metal y los queretanos Question, Death Metal que también se encuentra en Chaos Records.




Ya por ahí de las 9:40 llegó el momento que todos esperaban: Centoaph en el escenario. El escenario, iluminado de azul y adornado con un efecto tipo niebla se veía como esas olas calmas que anteceden una tormenta, mientras por el PA sonaba la intro de Epic Rites. Poco a poco entraron en escena Julio Viterbo y Guillermo Sánchez, guitarristas, Alexis Aguilar en el bajo, Edgardo González en la voz y Óscar Clorio en la batería, para iniciar a tambor batiente con The Black Universe. A partir de ese momento todo fue una fiesta extrema, con un mosh pit que creció por lo menos al doble de como se había visto y con una euforia muy pocas veces vivida en conciertos de bandas nacionales. Se respiraba el respeto que se le tiene a la trayectoria del quinteto, bien ganado, ese que los coloca en el panteón de las bandas extremas mexicanas en lugar especial.

Grief to oscuro y The Solitudes fueron las siguientes, y, como suele sueceder en conciertos así, la piedrita en el zapato era que la guitarra de Julio y el micro de Edgardo comenzaron a presentar ciertos problemas. Nada grave ciertamente, pero si se notaba que los músicos estaban un tanto desconcertados: esperaron meses para esa ansiada noche y todo debía ser perfecto. Curiosamente, entre el público nadie se quejaba, finalmente, aunque por instantes se notó el problema, el audio fue magistral, en buena medida por la excelente labor desde la consola que hizo Jesús Bravo. Es decir, sí hubo algunos detalles, sobre todo en los primeros tres o cuatro temas, pero la banda jamás dejó de tocar y al final, quedó meramente en anécdota.

Edgardo platicaba con la gente, contagiaba la felicidad que vibraba desde el escenario y reiteraba el agradecimiento por la respuesta del público. Sonaron The Solitudes, As the darkness borns y Among the abrupt y nadie recordaba los detalles de audio del arranque. Cada descarga sonora era un pretexto para sacudir el cráneo (algunos así, el cráneo brillante por el sudor, otros aún con copiosas melenas), para aventarse al ruedo del slam, en el cual incluso hubo un participante constante que traía un pie enyesado y por lo tanto llegaba al aquelarre con par de muletas. De parte de los músicos se sentía entrega total, de parte del público, reverencia.

Lorn ends, Requiem for a soul request y Ashes in the rain… los golpes de brutalidad y técnica no cesaban. El calor era intenso pero agradable, para cualquier punto que uno volteara la miraba encontraba caras de felicidad, de asombro, de satisfacción, de regocijo y de paz, no se veía a nadie que tuviera actitud de irrelevancia, y esa sensación hizo que el concierto se viviera aún más int6nesamemte, porque son caras que acostumbramos ver en presentaciones de bandas de fuera, pero en esta ocasión se trataba de algo propio, de una banda al tope de su madurez, con gran historia y aparentemente, con mucho futuro.

Siguieron Tenebrus apparitions y Macabre Locus Celesta y quedaba claro que se tocarían temas sólo de los primeros tres discos, esos que entre el 92 y el 96 mostraron que en México había calidad de sobra.

La siguiente triada de garrotazos incluyó Navegate, Severance y Soul profundis. Ya para entonces la sensación era de agradecimiento. Para ese momento llevaban más de una hora, algo que parecía poco probable y no porque no tuvieran material suficiente, sino porque ya nadie toca más de 60 minutos. Sin embargo, con sólo mirar detrás de Clorio y checar la enorme manta negra con el legendario logo en blanco era suficiente para entender que estábamos ahí para hacer historia, no para ver a una banda como tantas internacionales que ven esto más como negocio que como arte, que tocan 45 o 50 minutos y se quejan de que fue larguísimo. Esa noche en el Circo era distinta, se trataba de una fiesta por todo lo alto y realmente no había motivo alguno para tocar menos. Pasaron muchos años para que el público pudiera verlos de nuevo y lo justo era derramar cada gota de sudor sobre las tablas, sin importar que eso significara tocar 75 u 80 minutos.

El final llegó con Crying Frost y Thorns of Fog. El final que en realidad terminaría por ser una especie de encore alargado. Ya para entonces más o menos se sabía que a la gente que estaba afuera se le había ofrecido comprar boleto, esperar el término del concierto y entonces ingresar para ver al Centoaph en toda su gloria. Sí, significaba que el quinteto tocaría un segundo set completo para cerca de 50 personas que esperaron decente y pacientemente afuera. No hubo violencia ni intentos de portazo ni situaciones incómodas para nadie, hubo una solución y un gesto importante de parte de la banda, porque no solo eran fans que se quedaron con las ganas sino que algunos venían de fuera de la Ciudad. La verdad es que si se hubiera anunciado con tiempo, hubieran llegado por lo menos otro centenar de rockeros. Muchos que habían visto el concierto inicial se quedaron y así, pasaditas las 12:30, el quinteto comenzó un segundo show, completo, para lo que era una audiencia mucho más allá de lo saludable en cuanto a número, e igualmente escandalosa que la que le precedió.
Fue así como se gestó y llevó a cabo una noche legendaria, una en la que se demostró que en México hay calidad, que hay excelentes ingenieros y personal de escenario que lograron sacar adelante en tiempo y forma un concierto que primero presentó a cinco bandas y después, nuevamente, a la estelar.


Cabe destacar también que los organizadores dedicaron el concierto al fallecido Jorge Monroy, hasta hace unos días el encargado de conciertos y logística del Circo y eterno apoyador del metal nacional.

Fue una fiesta redonda, sin incidentes, lleno de sonrisas, con algunos que se excedieron en el consumo de alcohol pero que aún así disfrutaron a tope. Una noche de leyenda que quedará ahí como muestra de que sí se puede y no sólo eso, sino que se debe tener mayor respeto por el metal hecho en México y que, si queremos, podemos tener una escena realmente vibrante y sólida.


*Todas las fotos son de Raquel Coss.

miércoles, octubre 02, 2019

ElChivo, reseña de disco.

En Sangre de Metal se tiene la idea de que cuando no hay nada bueno que decir de alguien, es mejor no decir nada, amenos que sea una banda enorme a la cual las críticas no le mueven un pelo.
En ese contexto llega esta reseña de ElChivo, banda de rock pesado fundada en Monterrey por Marco Gil, bajista de Maligno. Se reseña porque me parece un gran disco, digno de llegar a la mayor cantidad de escuchas que se pueda. Ni más, ni menos.
Con eso en mente, aquí la opinión:


ElChivo, reseña
Por Luis Jasso
#SangredeMetal


ElChivo es una banda autodefinida como de rock pesado, fundada por Marco Gil, ex Toxodeth y baista/fundador de Maligno. El disco homónimo es su debut, lo presentaron en vivo ya en la CDMX y Monterrey y tiene todo para convertir a la banda en un grande de nuestro metal.
La voz tiene un timbre interesante, no es gutural ni mucho menos, pero tampoco es aguda, es un tono medio dentro del cual se manejan varios colores.
La guitarra siempre establece primero el tono de la canción con riffs sumamente pegajosos, pero siempre pesados. Eso no significa sin embargo que falten solos, los hay, con enorme textura y sabor, cumplen perfecto la idea de un solo en el contexto del rock pesado: redondear la canción, ponerse al servicio de la misma y no tanto del lucimiento individual del guitarrista.
La batería tiene esa onda setentera de usar todos los tambores, sin excesos, pero con la idea de aprovechar todas las tonalidades que ofrece cada uno. Es un excelente trabajo de poner el fundamento a la música y, una vez más, está pensada como un elemento al servicio de las canciones.
El bajo es, como debe serlo en este tipo de música, el elemento que pega todo y lo solidifica. Siempre está ahí, ayuda a establecer el concepto de “pesado” en la música y le da un tono agresivo y oscuro al disco.
Se trata de un disco que podría ser el fondo musical de alguna novela de Lovecraft, pero también de Poe. Es música que se degusta como un buen whisky en las rocas al que se le pone atención en cada trago, se bebe despacio, se deja sentir el recorrido de la bebida por todo el aparto digestivo hasta caer en el estómago para inmediatamente sentir el cosquilleo etílico en el cerebro.
Ciertamente es música más para los iniciados en las lides de los subgéneros más densos del metal como el Doom, Stoner y Sludge. Si necesitas velocidad, doble bombo o duelos de riffs frenéticos en las guitarras, esto no será tan de tu agrado, especialmente porque, a diferencia de las tendencias actuales, ElChivo sólo usa una guitarra.
Es como el concepto de “The Oath” que invita a bailar alrededor del fuego, música para desprenderse de cualquier peso que se lleve encima, aunque se logre justamente con ritmos pesados. Habrá quien se imagine por ejemplo a alguna banda power o tal vez alguna folk para musicalizar un aquelarre en el que todo mundo, encuerado, baile alrededor del fuego. Otros nos imaginamos que si lográramos despojarnos de tabúes y ataduras mostraríamos nuestras carnes a ritmo de ElChivo, bailaríamos en una especie de estupor inducido por los hipnóticos riffs de la banda, beberíamos y terminaríamos tirados en el suelo, mirada clavada en las estrellas o las nubes y la mente clavada en temas existenciales.

Rola por rola:
Ayahuasca. Tiene un riff pesadote que establece el tono de todo el disco. La primera parte de la canción recae en la vieja y confiable técnica de repetir el riff y adornarlo con una buena melodía vocal, más adelante sin embargo se acelera un poco, se vuelve un tanto psicodélica, con mucho más presencia de toms y platos en la batería.
Becoming. Esta ofrece un sabor setentero, algunos reseñistas le llaman “Groove”, y significa que te dan ganas de cerrar los ojos, mover la cabeza, zapatear al ritmo del riff y perderte en la magia rítmica de la canción. El bajo tiene gran presencia en todo el disco, pero aquí engorda el sonido de la canción de manera superlativa.
Intoxicated. Tal vez la más comercial del disco, pero entendiendo que sería la más viable para poner en la radio, no que suene popera o guanga. Sería una gran acompañante en una rutina de ejercicio, por ejemplo, sobre todo porque su tempo es un poco más rápido que la mayoría. La voz en esta tiene algunos efectos, pero le quedan bien, no se siente excesivo y sobre todo, se nota que es para darle otra vitalidad a la canción y no por falta de recursos vocales.
My demons. Uno de los mejores riffs del disco. El acompañamiento con distorsión a tope del bajo endurece el riff principal y le da un tono tipo Sabbath a la rola. Joya.
Night Queen. Comienza con un solo de bajo, pero que nadie se angustie, no es una sobada de ego sino el establecimiento de una ambientación para la rola. Esta es otra canción con un gran riff, con un sonido claramente enraizado en el rock de los años 70, pero con una producción moderna y una composición que la hace sonar relevante, en lugar de vieja.
The lost and insane. Al principio suena como si fuera una canción de Pantera, sólo que más lenta y más rítmica. El riff que la lleva es más pesado que melodioso, pero las líneas vocales la complementan de manera tal que encaja perfecto en el sonido de todo el disco. Es la más “pachecota”, por llamarlo de alguna manera, de todo el disco, y su parte media así lo demuestra. El solo es como un lamento de ansiedad, pero uno en el que esa condición sería la meta, y no un problema.
Psychprenia. La más veloz del disco, aunque aquí la velocidad es directamente proporcional al concepto setentero, es decir, tampoco es algo frenético tipo speed metal, simplemente es menos lenta, pero sería una compañera ideal para manejar en alguna recta de esas tan comunes en las carreteras del norte del país porque obliga a matear, hacerle al baterista virtual y levantar el puño de vez en cuando, situaciones todas que serían peligrosas en una carretera llena de curvas, pero aliciente para no morir en el tedio en las carreteras que cruzan desiertos y planicies. Curiosamente, con 2:42 de duración, es la más corta del disco.

The Oath. Gran cierre. Es la segunda que inicia con el bajo al frente, aunque esta vez acompañado por la batería. Es una excelente muestra del concepto general de la banda: una sola guitarra, porque para establecer el ambiente no se necesita más; un bajo sólido, distorsionado, que deja que cada nota se sienta y que pone la cama sonora a la guitarra; una batería que nunca es menos en la canción, pero sobre todo, nunca es más, es decir, no se siente que los riffs tocados en ella desentonen sino que, al contrario, “engordan” el sonido y la voz de Angelini, una de las características únicas de ElChivo, como invitación a tararear, washawashear o cantar como debe ser, porque se siente familiar, alcanzable.
Gran disco, gran banda, buen concepto. 9 de 10 glóbulos de Sangre de Metal.

Puedes conseguir el disco directo de la banda en su Facebook oficial.

sábado, septiembre 28, 2019

Iron Maiden Legacy of the Beast, reseña.


Los conciertos de Iron Maiden suelen ser teatrales, y según avanzan la tecnología y sus presupuestos, cada vez son montajes escénicos más completos. En este 2019, su presentación fue más de lo que se esperaba, o probablemente haya sido justo lo que se esperaba, eso depende de que tanto ande uno metido en redes sociales y qué tanto, también, se deje uno seducir por esa tendencia de revelar cada minutos de vida en redes. Habrá quien llegó al concierto con plena conciencia de que sucedería cada instante porque ya lo había visto en Youtube, habíamos quienes teníamos apenas una vaga idea y otros que estaban en un punto medio.

La del viernes 27 fue la primera de tres noches de boletaje agotado, dato no menos que incluso el mismo Dickinson resaltó desde el escenario en una de las 3 o 4 interacciones directas que tuvo con la audiencia. El Palacio se veía pletórico y retumbó prácticamente en cada instante de las dos horas que estuvo la banda sobre las tablas. Es innegable, la armonía que existe entre el público mexicano y Maiden está muy pro encima de la mayoría de las bandas importantes, y a pesar de que eso normalmente es bueno, también implica que uno tendrá que leer o escuchar de vez en cuando algunas descripciones que sí rayan en el fanatismo ciego. Cosas del rock.
Apenas pasadas las 9 de la noche se apagaron las luces del inmueble, desapareció la de por si apenas audible música de fondo y comenzó un breve video en las pantallas laterales que mostraba partes del video juego “The Legacy of the Beast”, mismo que le da nombre a la actual gira. Después, ahpra sí con el volumen a tope, la intro oficial de todos sus conciertos desde hace años, “Doctor Doctor”, de UFO para que, una vez concluida, diera inicio el concierto del sexteto.
Primero, dos canciones con temática aérea para presentarle al público la joya de la corona de esta producción, una réplica impresionante de un avión Spitfire de la Segunda Guerra Mundial. Honestamente, es de aplaudirse el uso de recursos teatrales en el concepto de Iron Maiden. El avión se ve espectacular, y sin embargo se nota que es más un derroche de creatividad escenográfica que de recursos monetarios. Se trata de un inflable que es movido por una gruesa cadena, y sin embargo, el efecto en la audiencia es devastador. Hasta ahí todo bien, el problema -y aquí es muy importante que el lector entienda que es meramente una apreciación personal- era el audio. Mi disminuida audición pudo tener algo que ver, no lo dudo ni un instante, pero desde el inicio quedó claro que sería uno de esos conciertos en los que el Palacio de los Deportes sería mucha pieza para el ingeniero de audio, que sería una batalla por ver quien ganaba y, tristemente, desde mi atrofiada audición, fue el llamado “Domo de Cobre” quien salió victorioso. Por lo menos en la zona baja del inmueble, General A.
Desde el inicio, la voz de Dickinson y el trabajo de McBarin en la batería sonaron perfectos, el problema fue en todo momento el tratar de distinguir las tres guitarras y el bajo. Así, por lo menos a mi me quedó claro que arrancaron con “Aces High”, “Where Eagles Dare” y “Two Minutes to Midnight” por la voz y las mantas detrás del escenario que por la música en sí. Triste situación porque, una vez aclarado que esa es sólo mi visión de las cosas, no se puede evitar recordar que el audio en vivo ha sido tema a debatir en más de una ocasión con Maiden.


Ahora bien, el dato curioso es que las partes más melódicas y sobre todo los solos, sonaban perfectas, el problema era en los momentos en que Murray, Smith, Harris y Gers “riffeaban”. En fin.
Ya en cuanto al concierto, ese arranque fue sencillamente brutal. Esas tres rolas son clásicos innegables de la banda y una de ellas lo es también del metal en general. Se necesita ser Iron Maiden o alguien de ese nivel de grandes ligas para arrancar con una terna de canciones que bien podrían ser el encore. La respuesta del no tan respetable fue igualmente intensa.
La aclaración de “no tan respetable” es necesaria en esta reseña porque fue parte del concierto, por lo menos en la zona en la cual estuve. Más que en otras ocasiones, en esta presentación hubo muchos niños, y eso significa que también habría muchos papás. Cuando un chavito de siete u ocho años, tal vez un poquito más que eso, asiste a un concierto así, lo lógico es que no tomará decisiones individuales sino que dependerá del adulto que lo lleve. Así, cuando un mayor de edad sube a sus hombros a su pequeño acompañante, la culpa y responsabilidad es suya. Sí, es normal, sucede siempre y normalmente no pasa nada, pero cuando el niño se pasa encima de los hombres de su protector más de una hora, es probable que cause indignación en más de uno, y justo así sucedió. Además de gritarle al adulto (que jamás hizo caso) que bajara al niño (y esto sucedió con al menos tres personas distintas), algunas personas (aunque el término correcto sería más cercano a simio) empezaron a tirarles cerveza y aventarle vasos y hasta alguna que otra moneda. En esta ocasión no pasó nada, pero esas actitudes tranquilamente pueden derivar en desastre, ya sea porque lastimen a un infante o porque algún adulto se enoje y comience una pelea. Vale la pena reflexionarlo y, en caso de llevar niños -bienvenidos siempre-, tener un poco de claridad, pensar en ellos y en los demás que estarán a su alrededor y de última, para evitar la supuesta necesidad de ponerlos en hombros, llevarlos mejor a una grada porque ahí verán todo sin problema y no se expondrán a agresiones.
Con una decoración tipo militar, muy bien lograda por cierto, el escenario era similar al de otras ocasiones en el sentido de que ofrecía dos pisos. Los tres guitarristas y el bajista se mantuvieron siempre en la planta baja, mientras que el baterista estuvo siempre fijo (y buena parte del tiempo tapado por una tela verde de camuflaje) en el primer piso, mientras que el cantante, gran histrión, por cierto, recorrió cada centímetro del entarimado.
Previo a “The Clansman”, Dickinson explicó un poco el contexto del tema, la guerra entre escoceses e ingleses e incluso habrá sacado de dudas a más de uno al explicar que esa confrontación fue llevada al cine con la película “Braveheart”. Aún no se llegaba ni a la mitad del concierto cuando llegó apabullante otro de los clásicos eternos de la banda, “The Trooper”. Justo por ese momento fue que uno de los niños mencionados y decenas de teléfonos levantados para filmar me impidieron ver con claridad eñl escenario, así que recurrí a las pantallas. ¡Vaya sorpresa! Normalmente, las pantallas terminan por no servir de gran cosa porque el encargado de poner las tomas suele no tener idea de nada. Es común que en pleno solo de guitarra, la pantalla muestra al baterista por ejemplo. En esta ocasión no fue así. Fue muy notorio que tanto el director de cámaras como el switcher sabían bien en donde estaban y a quien filmaban. Si era momento de un solo de Dave Murray, era él quien aparecía en pantalla; si tocaba turno a Adrian Smith, lo mismo y si era una de esas partes instrumentales en las que ninguno está de líder, entonces sí variaban las tomas entre los seis músicos. Excelente trabajo en un área que cada vez cobra más importancia en los conciertos.

Aunque no es la primera vez que la tocan, mi memoria de teflón no me deja recordar cuando fue la última vez que la escuché en vivo, y debido a que llegué al concierto casi en ceros en cuanto a cómo sería el concierto (no arruiné la experiencia con visitas previas a Youtube), cuando sonó “Revelations” me cayó un inmediato rayo de nostalgia. Mi documentado desencanto con Maiden tiene mucho que ver con que desde hace 20 años, sus discos son más intentos por hacer a una banda de metal una que quepa en el progresivo, lo cual lleva inmediatamente a olvidar discos clásicos de la banda y el género como lo es “Piece of Mind”. Y dicho sea de paso, es mi álbum favorito de ellos así que para ese momento llevaban ya cuatro canciones sacadas de ahí. Felicidad inigualable. Para entonces, las mantas traseras mostraban una nueva visión, una serie de vitrales con decenas de elementos que permitían olvidar un poco el mal audio para perderse en los detalles.
En seguida vinieron un par de temas que, para mi gusto, hicieron que decayera el ánimo: “For The Greater Good of God” y “The Wicker Man”. Después, con un gran trabajo escenográfico y por primera vez en México en voz de Dickinson, “Signo f the Cross”, única de la noche en que al menos quien esto escribe pudo disfrutar de casi toda la música con un sonido aceptable. El detalle de la cruz con focos fue realmente ingenioso, además de que para variar, Dickinson tenía un atuendo especial para la canción.
Inmediatamente después el momento más glorioso de la noche (de nuevo, siempre en primera persona, habrá quien piense que esta declaración es ridícula) llegó con “Flight of Icarus”. Una de mis canciones favoritas de la banda, una que ya antes había escuchado en vivo pero que jamás me había tocado ver acompañada de un magistral soporte escénico. Para este tema traían un enorme Ícaro inflable, plateado y majestuoso que dominó el escenario desde la primera hasta la última nota de la canción. Un momento sublime realmente que culminó con un detalle de pirotecnia que lo hizo aún más glorioso. Después tocaron la que más divide a la gente porque muchos la aman, muchos más la desprecian pero casi todos cantan en vivo: “Fear of the Dark”. Especialmente desde que Maiden se convirtió en el monstruo masivo que es hoy, la presencia de esta canción funciona como anillo al dedo para mover a la audiencia, se presta para cantarla, Dickinson aprovecha para hacer gala de su capacidad de controlar al público y, aunque no todos la quieran escuchar, difícilmente saldrá del set.
Si bien no se trata de una gira de sólo éxitos (claramente poner temas de “Brave” y “A Matter” rompe esa idea), sí era una noche muy cargada en discos de los 80, así que terminar la noche con “The Number of the Beast” y “Iron Maiden” hizo que el piso del Palacio retumbara. Fue de los momentos más difíciles en cuanto a empujones, jalones de pelo y pisotones, lo cual indica que fue éxtasis puro.

Para el encore, el sexteto de decidió por “The Evil that Men Do” (reconozco que para mi fue una mala decisión porque ese disco no me gusta) y luego un cierre a tambor batiente con Hallowed Be Thy Name” y “Run To The Hills”. Prácticamente dos horas, casi una decena de cambios de atuendo de Dickinson, una gran variedad de mantas, efectos (candelabros que subían y bajaban por ejemplo), fuego, un poco de pirotecnia, al menos cuatro inflables perfectamente bien trabajados, diseño escenográfico acorde a la idea de la guerra y una cuidada selección de canciones hicieron de aquella una noche realmente disfrutable. Asumiré que la cuestión del mal audio es más culpa de mi mala audición que del ingeniero (aunque la historia muestra que no es precisamente el mejor) y aceptaré que, cuando se lo propone, esta banda tiene todo para hacer gala de la etiqueta de leyenda que le han puesto miles de personas por todo el planeta. Si vuelven a sacar un disco y se parece en intensidad e intención al más reciente, será una excelente noticia. ¨Por lo pronto, a quienes aún les toca ir, disfruten del menú, que ahora sí hay platillos de probada excelencia.

En resumen.
Lo bueno:
-Que a pesar de su edad, Dickinson mantiene su voz  en muy nivle. Ciertamente no es lo de antes, pero está en un nivel mucho más que aceptable.
-El diseño escenográfico. Quien haya sido el responsable merece aplausos de pie. Utilizó la idea clásica del teatro y logró, aparentemente con poco dinero, un montaje excepcional. Desde los tres o cuatro inflables monumentales hasta detalles más pequeños como la horca, los candelabros que suben y bajan, la prisión, el inge de monitores vestido como soldado, los vestuarios y aditamentos y sobre todo la ambientación del escenario en la que hasta los monitores parecían elementos de un campo de batalla fueron sobresalientes.
-El set y la duración. Pocas son las bandas que en la actualidad tocan o dan conciertos de dos horas, y Maiden es una de ellas. El recargarse en la era dorada de los 80 fue un atino, y si bien a título personal no me gustaron 3 o 4 canciones de eras más recientes, a la mayoría sí les funcionó.

Lo malo:
-Aunque puede ser más defecto mío, el audio era bastante malo, e insisto, tampoco es la primera vez. Además, bandas como Metallica, Kiss, King Diamond y Roger Waters han mostrado que con trabajo, el Palacio puede sonar casi perfecto.
-La incapacidad de algunas personas de entender que poner a sus niños de 10 años en sus hombros por más de medio concierto es, además de ofensivo contra los que están detrás, peligroso para sus mismos chamacos.
-La nefasta idea de la gente de grabar todo y por ende, estorbar chingonamente la visibilidad de los demás. Igual que con los niños, se entiende que lo hagan de vez en cuando, pero cuando es durante el 85% del tiempo se vuelve nefasto.


Fotos cotesía de Ocesa/César Vicuña
Fotos del Ícaro cortesía de Kelpy Interesante.


martes, septiembre 24, 2019

Myrkgand, reseña del disco "Old Mystical Tales"


Myrkgand – “Old mystical tales”
Sade Records, 2019.
Por Luis Jasso “Chico Migraña”


Myrkgand es un proyecto unipersonal del músico brasileño Dimitry Luna. Musicalmente hablando es una mezcla de Folk/Death y Black y sus letras suelen ir en torno a temas de fantasía, monstruos, magia, leyendas, orcos, elfos, brujas, filosofía y más por el estilo. “Old mystical tales” es su segundo disco (el primero, llamado simplemente Myrkgand, fue editado en 2017) y fue producido por Roland Grapow, reconocido guitarrista con paso importante en bandas como Masterplan y Helloween. La característica ha sido que Dimitry toca todos los instrumentos, pero invita a músicos reconocidos de otras bandas para que pongan su granito de arena con algo de voz o algún solo de guitarra. En este caso, los invitados varían entre bandas como Blind Guardian, Cradle of Filth y November’s Doom hasta Trollfest, Vulcano y At Vance, entre muchos más.
El baterista en todo el disco es Kevin Kott (Masterplan, At Vance), y su trabajo es sencillamente fenomenal. Cuando se requiere velocidad y blast beats cumple sin problema, pero también lo logra sin mayor dificultad en cada quiebre y pasaje más melódico del disco. “Old mystical tales” es un trabajo que tiene un dejo de concepto, por lo menos en lo musical. Hay un riff que parece estar presente a lo largo de casi todos los temas, por momentos con alguna variante, pero distinguible, lo cual le da una sensación de atmósfera al disco, porque además es bastante pegajoso, aunque es ciertamente tipo Black Metal Progresivo. La producción en general es muy limpia, no se siente forzado ni sucio como algunos discos extremos, al contrario, ofrece una sensación de modernidad con toques de formato análogo.
Así, lo primero que escuchamos es “Of the blue fire”, un track veloz en el cual un destacado trabajo en el doble bombo marca el ritmo y que ofrece un buen solo de Ashock, guitarrista de Cradle of Filth), seguido de “Black thunders of Zyr”, tema que cuenta con la colaboración de Markus Siepen (Blind Guardian) en el solo de guitarra y Luiz Carlos Louzada (Chemical Disaster, Vulcano) en la voz gutural extra.


El tercer tema es “Foreseeing the future”, rola con la participación de Danilo Coimbra (Malefactor, Divine Pain) en el solo de guitarra. Una fiesta de blastbeats que además ofrece la voz de Dimitry doblada, lo cual genera un buen efecto.
Lo siguiente es “Aquariü”, una canción con varios pasajes que tiene a Vito Marchese (November’s Doom) en el solo de guitarra y a Antonio Araujo (One Arm Army) en el papel de voz limpia. El riff de inicio -porque esta rola tiene varios- aquí es más lento, pero tiene esa suciedad en la distorsión típica del Black. Tiene varios pasajes más melódicos que terminan por regresar a la velocidad y el riff que lleva el hilo de todo el disco. “Ghostwoods” por su parte muestra a Michael Meyer (Iron Angel) en el solo de guitarra. Es un tema en el que otra vez se deja sentir la santísima trinidad entre el riff, el doble bombo y la voz que sienta la base del sonido blacker, aunque en ciertas partes la tarola va un poco más lento, lo que le da un toque interesante y una atmósfera distinta. El resto de los riffs son más bien melódicos y ofrecen un interesante juego entre unos y otros. Aquí nuevamente la voz de Dimitry está doblada en ciertas partes; una es la clásica blacker, la otra es gutural.


En “Dunkelelf” el solo corresponde a Simone Rendina (Mortuary Drape). Aquí, los teclados le dan una atmósfera interesante a la canción, misma que tiene ese tono blacker, aunque el riff es más como rock and roll. Esta es otra canción que varía de ritmo y velocidad, aunque esta además ofrece un aroma sinfónico.
Sigue “Summoning the cryptic Daemonium”, con Rodrigo Berne (Tray of Gift, Tuatha de Danann) en el solo de guitarra y Renato Matos (Elizabethan Walpurga) en los coros para dar pie a la frenética “No ímpeto de fúria”, con solo cortesía de Claydson Melo de Pathologic Noise.
Para “Trolls filthy madfeast” se hace presente la voz de Trollmannen (Trollfest), quien aporta un excelente combo de voces crudas extra y el solo de guitarra de Dr Leif Kjonnsfleis (Trollfest, Manhunter). Se trata de una rola con otro tipo de melodía, más rocker que metalera, aunque por momentos los riffs suenan a banda folk y la batería se mantiene en perfecto frenesí.


El disco concluye con la épica “Chtonian Cyclops”, la más larga de las diez que lo conforman con una duración cercana a los ocho minutos. Aquí, Liv Kristine (Leave’s Eyes, Theatre of Tragedy) ofrece su enorme talento con la voz limpia, mientras el solo corresponde a Roland Grapow (Masterplan, Helloween). Otra vez el riff blacker lleva la batuta, pero con más de siete minutos hay tiempo para algunos d4talles, como un solo bastante largo, mismo que va de menos a más y que cuando culmina da píe a la entrada de Liv, quien para ese momento es acompañada por una pequeña cama de teclados.
En general se trata de un muy buen disco. La pléyade de músicos cumple perfecto con la idea global de Dimitry, es un disco bien pensado y en el cual cada parte de músico invitado suena real dentro del contexto de cada canción. Es decir, no se trata de poner nombres y que salga lo que sea, más bien se nota un buen trabajo de planeación.


Así, “Old mystical tales” es un muy buen disco, muy disfrutable, diverso y pesado. El tono general es crudo y en la cara, son rolas largas pero trabajadas de manera que casi nunca sientes el paso del tiempo, veloz y contindente, pero con sus pasajes un poco más calmos. Probablemente sea un eficaz anti estresante para esas horas pico en el tráfico o el transporte: lo pones, le subes al volumen y más temprano que tarde te encontrarás a ti mismo sonriendo e imaginando mundos fantásticos llenos de maldad y angustia, con momentos de luz y calma.


jueves, mayo 30, 2019

Avantasia en México,reseña



Todo estaba listo para disfrutar de Avantasia, pero un problema intestinal lo echó todo a perder. Afortunadamente, mi querido amigo Jahaziel Rangel, cantante de Steel Night (que por cierto sacaron un discazo en días recientes) había venido desde Durango a la CDMX, sólo para ver el show.


Así, en Sangre de Metal le pedimos que nos escribiera una reseña de cómo vició el concierto, y aquí les compartimos su experiencia:

Avantasia en México.
Por Jahaziel Rangel

Es bien sabido por todos los fans de Avantasia que cuando anuncian nuevo álbum, casi siempre es inminente una gira mundial, y eso fue lo que pasó con la edición de “Moonglow”. Después de 3 años desde la última vez que nos visitaron, el pasado 26 de mayo, en el auditorio Black Berry, Avantasia regresó a México. Desde temprano se podían ver algunas personas esperando el momento del show, y por temprano me refiero a que desde las 8 am ya estaban ahí. A la 1 de la tarde ya se veía una fila más o menos organizada de aproximadamente unas 20 personas y algunos ambulantes vendiendo mercancía. Conforme pasaban las horas, las hordas de fans comenzaban a llegabar y la cola de pronto ya le daba la vuelta a la manzana.

Ya para entonces el hambre se hacía sentir, así como el calor, pero nada de eso bajó la moral de los asistentes, al contrario, subió más cuando se anunció que las puertas del recinto abrirían a las 6 para dejar pasar a la gente que con paciencia esperó desde temprano para estar al frente del campo de batalla.
El personal del Blackberry hizo lo suyo, organizar fila, revisar, mantener a la gente en orden. Por fin estábamos dentro junto con aproximadamente 715 personas cuando las redes sociales nos avisaron que había un retraso para el inicio del show. A esperar de nuevo, aunque se escuchaba decir a la gente que, a pesar de todo, esperar unos minutos más ya no era nada si tomas en cuenta las horas que ya llevabas esperando el show.

A las 8 de la noche se dejaron ver algunas personas del staff haciendo pruebas de sonido, los espectadores ya empezaban a silbarle a todo lo que se movía dentro del escenario hasta que, quince minutos después, vimos a Oliver Hartmann preparar su guitarra: ¡sabíamos que el show estaba a punto de empezar!
Minutos después sonó un tema de AC/DC seguido por uno de Beethoven…se apagaron las luces y por fin el show comenzó. .Al primero que vimos entrar fue al tecladista Michael Rodenberg, seguido de Félix Bonhke. Luego tomaron su posición Olli, Sasha y André. Félix marcó tiempos para empezar pero no lo escucharon, por lo que lo hizo una segunda vez y entonces sí, por fin, a las 835 aproximadamente, comenzó el concierto.

Para ese momento ya estaban en el escenario todos los cantantes invitados y empezaron con “Ghost in the Moon”, en el cual vimos tomar el escenario a Tobias Sammet, lleno de energía pero con un problema: su micrófono no se escuchaba. La gente no se incomodó con eso y comenzó a cantar esta pieza mientras Tobias regresaba tras bastidores con cierto descontento para regresar ya con un nuevo micrófono a cantar como se debe. Al terminar la rola se disculpó y agradeció a la gente por el apoyo. En ese momento aprovechó también para dedicarnos unas palabras, dijo que ama venir a México y la calidez de su gente; también dijo que escucharíamos canciones rápidas, lentas, pero sobre todo, temas clásicos.











Después de esto siguieron temas como “Starlight” y “Book of Shallows”, interpretadas por Ronnie Atkins, quien a pesar de su edad, traía una energía que te contagiaba y hacía que cantaras a todo pulmón (si te aprendiste las canciones del Moonglow claro). Al terminar, Ronnie también se dirigió al público para luego dar paso al maestro de Masterplan, Jorn Lande. Lande interpretó “The Raven child” y “Lucifer”. A estas alturas, Sammet informó que Bob Catley no había podido acompañarlos debido a que estaba de gira con Magnum, por lo cual sus partes y canciones serian remplazadas por los vocalistas en escena, palabras que repitió bastantes veces en el show.











Poco después apareció en escena Geoff Tate, quien cantó “Alchemy” e “Invincible”. Él, al igual que Jorn, dio todo en su presentación. Aquí tengo que hacer un pequeño paréntesis: el sonido del lugar no estaba del todo bien para quienes vivimos la experiencia en las primeras filas, nos costaba entender lo que se decía y lo que cantaban. Incluso los músicos se quejaron varias veces sobre el sonido, pero al parecer el público que estaba en la retaguardia escuchaba claramente. Además, Tobias tuvo que hacer un esfuerzo extra ya que, según lo dijo en un par de ocasiones, estaba enfermo.
La siguiente canción fue una de las más esperadas, “Reach Out for the Light”, que para quienes la habíamos escuchado en vivo antes con Kiske, teníamos el recuerdo de lo devastador que era. En esta ocasión la batuta fue cedida a Olli Hartmann y Adrienne Cowan, quien para ese momento sólo había hecho coros, pero que finalmente demostró por qué tiene un lugar en Avantasia. Luego interpretó “Moonglow” de manera asombrosa.

Una vez más, Tobias tomó el micrófono para dirigirse a la audiencia, nos compartió su idea de que el metal es todo lo que somos y que no importa cómo se haga mientras nos guste. Eso dio paso al gran Eric Martin, quien con su sonrisa, casi mágicamente te pone de buen humor. A él le tocó interpretar “Maniac” un cover que todos cantamos. Luego, con “Dying for an Angel” todas las gargantas volvieron a sonar al unísono.
Las siguientes en la lista fueron “The story aint over”, “The scarecrow”, “Promised land”, “Twisted mind”, el ya clásico “Avantasia” y “Let the storm descend upon you”.
Aunque el público ya se notaba cansado, volvió a aparecer Ronnie para invitarnos a vocalizar con él, el público respondió de excelente manera así que Atkins clamaba por más y más hasta que empezó a cantar “Master of the pendulum”. En ese momento sabíamos que ya estábamos en la recta final. El calor era intenso, veíamos a nuestros héroes ir constantemente a la zona de catering y tomar las decenas de bebidas que tenían ahí, aunque, eso sí, siempre con una sonrisa para el publico. Los veíamos bromear y disfrutar mientras interpretaban “Shelter from the rain”, única canción que le dieron como voa principal a Herbie Langhans, quien más bien había estado como apoyo vocal, mismo rol que mantuvo después en temas como “Mistery of a blood red rose” y “Lost in space”.

Con esto llegamos al clásico encore, frases como “ya nos vamos ,los amamos” y “nos vemos proto”. En ese momento abandonaron la sala y como ya es inevitable, la gente empezó a pedir “otra, otra”. No era difícil imaginar lo siguiente: entra Tobias de nuevo y por veinteava vez se dirigió a los metalheads anunciando el tema “Farewell”, mismo que cantó a dueto con Adrianne. Al terminar esta canción entraron todos a escena para interpretar “Sign of the cross/seven angels”, y con eso concluyó el espectáculo. Fueron tres horas diez minutos aproximadamente. Al final, todos agradecieron al público, tomados de las manos y sacando foto del recuerdo.

Finalmente los vimos partir. Sabíamos que no volverán pronto, pero nos íbamos felices pese a los inconvenientes que se tuvieron. Sabemos que la próxima vez volveremos a estar parados en la cola, esperando para vivir uno de los mejores shows de power metal que se pueden tener.

*Todas las fotos son de Germán García/Dilemma y fueron usadas con permiso.

lunes, mayo 06, 2019

¿Un último beso? Kiss en Domination, reseña


“¿Por qué se fue, por qué murió, por qué el señor me la quitó? Se ha ido al cielo y para poder ir yo, debo también ser bueno para estar con mi amor” Así va la letra en español de ese clásico de Wayne Cochran, inmortalizado en México por Los Apson. Aquí nadie ha muerto, pero se supone que el del viernes en el Autódromo Hermanos Rodríguez fue el último concierto de Kiss en México, y eso ha levantado cualquier cantidad de comentarios y especulaciones que van de polo a polo en el espectro del opinómetro de los rockeros mexicanos. Así, lo que a continuación se exprese es justo eso, una opinión de un rockero mexicano que, de paso, es Kissero a muerte.
Yo soy quien soy en buena medida gracias a Kiss. Siempre lo digo y no es exageración. Obviamente soy quien soy gracias a mis papás, los mejores que hay, a mis amigos, familia, escuela y demás. Pero Chico Migraña, el niño y luego adolescente que se convirtió en lo que ese apodo representa, nació de la mano de Kiss. El metalero que soy es 100% gracias a Kiss, a que leía las revistas nacionales y gringas desde los 12 o 13 años porque salían ellos en la portada y entonces, además, leía de bandas cuyos discos estaban en la colección de uno de mis primos o en los relatos de algunos de mis tíos: que si Black Sabbath o Led Zeppelin o más adelante que si Celtic Frost o Alice Cooper o los Scorpions. Y como me enseñó Kiss, fui autodidacta. No sabía que significaban los botones “bass” y “treble” en el estéreo de mis papás, medio entendía inglés pero no lo suficiente para captar bien las letras de la banda, así que mascullaba mis propias versiones de “Beth” y “Love Gun”. Luego, más adelante, entendía mucho mejor inglés y sabía que en el Chopo podía conseguir versiones hechas en máquina de escribir de las mismas, así que las cantaba mejor, y más adelante, con la llegada del CD, los discos empezaron a traerlas impresas. Ya para cuando llegó a mi vida la internet, me las sabía prácticamente todas.
Y peleé. Muchas veces. Discutí, me enojé, me agarré a golpes porque la gente me criticaba por escuchar a Kiss. Iba en el Olinca, una escuela fifí para usar términos de moda, pero yo no era un fifí, no encajaba, y además escuchaba a Kiss: era un pobre naco.

Cuando nacieron mis hijos decidí que no trataría de influenciar sus gustos musicales. Trataría de que la música fuera parte de sus vidas, eso sí, pero serían libres de escuchar lo que quisieran. Y claro, ninguno de los dos salió rockero, pero con el paso de los años, ambos fueron mostrando interés por eso que me apasiona tanto, y por lo menos lo escuchan sin hacer muecas. Sobre todo Samantha, mi hija. Por eso la invité. Quería que viera y experimentara lo que marcó mi vida de manera tan profunda. Y se la pasó bien.
“Y Jane (así, como Yein) Simmons todavía saca la lengua?” preguntaba mi Mamá. “¡Siguen siendo los mismos de cuando eras chico?” preguntaba mi Papá. “Supe que vinieron, ¡los fuiste a ver?” me preguntó mi hermano. Y bueno, es curioso porque esa noche, a minutos de que empezara el show, Samantha me preguntó las dos preguntas de mis papás: “espera y verás” le dije.
La manta monumental con fondo negro y letras plateadas se levantó sólo para cubrir el escenario y dejarnos escuchar el mítico “All right Mexico City, you wanted the best, you got the best, the hottest band in the world, Kiss”. Lo sabíamos todos, lo coreamos todos, nos emocionamos todos.

Confieso que por primera vez en mi vida vi el concierto desde una zona VIP. La última vez de Kiss en México en un festival fue Hell and Heaven y lo vi desde general, lo cual no me causa mayor apuro. Lo malo aquella vez fue que no había bocinas llamadas delay, las que se colocan a la altura de la división entre preferente y general, así que el audio para mí fue infame. Es por eso que entiendo a los que se quejan del audio de Domination (no sólo con Kiss), porque lo he vivido. Sin embargo, excepto algún detalle con la guitarra de Tommy y lo que para mi era un volumen un poquito más debajo de lo deseado, desde donde yo estuve se escuchó muy bien. Si no me quejo amargamente y no hago berrinche es porque, honestamente, yo no tengo quejas sobre el audio.
Kiss es de lo más importante que ha pasado en mi vida y quería vivir lo que hasta hoy es la última ocasión que los veré en México con gente que me importe mucho también. Dos personas estuvieron ahí conmigo, y no hacía falta nadie más. Luego, claro, están los personajes que uno se topa por ahí y que hacen que además te diviertas extra, así que todos, gracias por hacer de esa noche algo un poco más especial.
Esta fue también la primera vez que mi hija iba a un concierto de ese tamaño, así que parte del tiempo lo pasé pendiente de que estuviera bien, de encontrarle un huequito en el que su estatura no le impidiera ver, así que pude haberme perdido algún detalle, aunque si pasó, fue mínimo. Eso sí, estuve un poco menos concentrado, lo cual probablemente explique por qué no hubo lagrimita.
Sí, la voz de Paul es un problema, y el viernes lo fue nuevamente. Menos que otras veces, pero lo fue. Sin embargo hay que entender que tiene dos cirugías en las cuerdas vocales y 67 años de edad. Y no es pretexto, es sólo que si uno lo compara con gente de esa edad que existe en nuestro propio entorno, entenderá el enorme esfuerzo que debe requerir mantenerse en forma, y eso incluye la voz.
Sí, Tommy no tiene el carisma de Ace, pero tiene un entendimiento cabal de lo que significa la palabra profesionalismo, y aunque su rol sea más bien de imitar al Spaceman, lo hace perfectamente bien y sí, aunque le duela a los más aferrados por Ace, ya sobre el escenario, más del 70% de la gente no sabe la historia detrás del maquillaje, ni saben que es Tommy y no Ace. No superarlo depende de cada quien, pero de que cumple con su trabajo de la banda y hace soñar a miles que no conocen el detalle detrás de la historia, eso sin duda.
Finalmente hay que decir que el escenario y la pirotecnia fueron menores a lo que se ha visto en videos recientes, es cierto, pero también es justo decir que lo que ofrecieron fue todo lo que los fans esperamos, y los que no los habían visto nunca, jamás lo olvidarán. No sé si los años doblegan el ánimo de peleador que hay en mí, pero no tengo queja. No es conformismo, es saber que después de haber visto cientos, tal vez miles de conciertos, los de Kiss se mantienen ahí como algunos de los más espectaculares que existen. La medida en todo caso debería ser contrastarlo contra ellos mismos, y aún así, lo que montaron en Domination fue memorable.
Musicalmente hablando, la banda nuevamente sacó a relucir lo bien trabajada que está. No hay momentos penosos como los de aquella gira de Psycho Circus en que el amado Ace no podía con sus ´propios solos, por ejemplo; no hay necesidad de usar triggers en la batería ni de hacer las canciones más lentas para que no se pierda la continuidad. Y eso quedó demostrado desde el arranque con “Detroit Rock City”. Una versión casi perfecta (excepto por la voz) que de inmediato calentó la sangre de los que sean que hayan ido al show, porque cifras oficiales hablan de más de 70 mil, otros dicen 60 mil, Paul dijo desde el escenario 75 mil así que, los que hayan sido.

La primera vez que los vi abrieron con “Creatures of the Night”, en 1994, y esta vez ni siquiera la tocaron. Gene, Paul y Tommy descendieron desde el techo del escenario en sendas plataformas, mientras Eric ocupaba su lugar detrás de la batería. Humo, fuego, explosiones y un clásico no de Kiss sino de la historia del hard rock, así comenzó la noche. Yo no sabía que iban a tocar ni en qué orden, no quise saberlo porque crecí en una época sin internet en la que parte de la magia era dejar que la banda te fuera sorprendiendo, para bien o para mal, con cada canción. Un camarada me decía que él tampoco había querido ver el set con antelación, lo cual significaba que por lo menos no era el único con ese sentido de aventura.
Siguieron “Shout it out loud” y “Deuce”, es decir, se arrancaron con una muestra de quién carajos es Kiss. Son el tipo de canciones con las que establecen un vínculo masivo y que permiten que luego la banda pueda aventurarse con algo menos popular, como fue “Say Yeah”. La rola está hecha para ser coreada, pero probablemente hubiera funcionado mejor en un entorno más exclusivo, en un concierto sólo de ellos. Como sea, para mi fue una gratísima sorpresa.
Siguieron “I Love It Loud” y “Heaven´s on Fire”, esta última obviamente sin el grito de introducción, imposible para un Paul que, con toda honestidad, en ningún momento me dio motivos para pensar que traía voces grabadas. Lo siguiente fue también una sorpresa. “War Machine” fue la canción destinada para el acto de fuego de Gene Simmons. No es la primera vez que lo hace en México en ese tema, pero yo hubiera imaginado que fuera en “Firehouse”. La verdad es que War es de esas canciones que siempre caen bien en el set, es pesada, medio oscura y siempre bienvenida.
Siguieron “Lick it up” y “Dr. Love”, dos de las infaltables en cada set, pero si se le echa un ojo al set hasta ahora, iba bastante variado y emotivo. El concierto estaba planeado para dos horas y eso abría la oportunidad para algunas canciones que no siempre suenan, como “100 000 Years”, misma que no tocaban acá desde 2010 y que permitió recordar la versión Alive!, con solo del gran Eric Singer incluido.

Una vez más, lo que siguió no fue necesariamente una sorpresa porque “Cold Gin” es de las que suelen tocar siempre, sólo que ahora fue la usada por Tommy para disparar cohetes contra las luces y hacerlas explotar. Eso solía suceder durante parte de “Shock Me”, una que, por cierto, en esta ocasión, no tocaron. Y en relación a Cold Gin y sólo a nivel anécdota, la madrugada del sábado en Casa en Llamas (estudio de grabación) se hizo realidad. Los Voltax, el staff y yo bebimos ginebra helada directo de la botella para celebrar el día, y yo, además, para celebrar a mi banda favorita. Y claro, hay que ser honestos, no es mi bebida favorita. Y menos sin el filtro de una bebida extra como refresco o agua quina.
Para ese momento faltaban aún los momentos cumbre de Paul y Gene. El turno fue para e Demonio que, con ayuda de un juego de rayos láser que dieron un toque totalmente vieja escuela se dejó ir con su número de escupir sangre para luego cantar el clásico (escrito por Paul, por cierto) “God of Thunder”. Y sí, lo ves ahí arriba y regresas a la infancia, al miedo que daba verlo en la portada del Alive II por todas las historias que, como niño, uno se creía. Que si tenía lengua de vaca, que mataba pollitos en el escenario con los dientes de sus botas, que si bebía sangre de cabra y luego la vomitaba en el escenario… mitos de la era previa al internet.
Lo siguiente fueron otro par de agradables sorpresas en la forma de “¨Psycho Circus” y “Let Me Go Rock and Roll”. Por lo menos Psycho yo no la tenía presupuestada, y mucho menos el tener cerca a alguien que me haría recordar la caja con video VHS y lentes 3D que se vendía cuando salió el disco. La segunda, bueno, para mí la parte instrumental de la mitad de la canción hacia el final es de lo más memorable que ha escrito la banda. No sé qué tanto mérito musical tiene o no, pero siempre me ha parecido fantástico, y cada vez que la han tocado ha sido un sentimiento de belleza pura y satisfacción completa. Esta vez no fue la excepción.
El momento cumbre de Paul llegaría a continuación, y vaya que lo tenía bien merecido. Fue él quien se echó la banda al hombro en los difíciles años 80, el que ha mantenido viva la leyenda cuando Gene se distrajo con Hollywood, cuando las ventas de entradas no eran ni siquiera decentes y ahora que de nuevo gozan de enorme éxito. “Love Gun” no sólo es su canción sino su reflejo, es rock and roll con la influencia de Zeppelin y The Who, no los Beatles como sería el caso de Gene. En vivo es el momento en el que todas las miradas se posan sobre él porque se sube a un arnés, vuela por encima de la audiencia y se posa sobre una plataforma en la estructura destinada para resguardar la consola de audio, sólo que esta vez no se pudo. Así son los conciertos en vivo, hay imponderables y en el caso de Kiss, el más visible fue justo ese. Afortunadamente seguía “I was made for loving you” y esa también es su canción, su momento cumbre. Además, es la canción que los miles que seguro no sabían gran cosa de la banda pero ahí estaban, conocen. Y seguro la corearon, porque se escuchaba magnífico y poderoso el coro de miles de gargantas.

Finalmente llegó el momento también para Eric Singer. Toda la noche estuve maravillado por la hermosa playera sin mangas que llevaba, con los dos leones que adornan la plataforma de la batería de Peter Criss en el interior del Alive!, estampados en ella. Para esa altura del concierto no estaba seguro de que fueran a usar el truco, pero llegó “Black Diamond” y por supuesto que se levantó el Gato por los aires y dejó ver esa misma manta, la que hemos visto desde aquel lejano 1975 y que él llevaba en su playera. Sobra decir que el momento fue sublime porque si bien la mayoría de la gente no es fan clavado que conozca la rola, éramos suficientes miles como para que el estruendo fuera atronador y muy emotivo.
Llegó el encore y al regresar, otra sorpresa. “Beth”, en voz de Eric Singer, acompañado sólo por un piano, lo cual abrió la puerta para el gran cierre, que para ir acorde con la noche, tuvo también su sorpresa, Cuando todos esperaban el clásico rocanrol toda la noche, la banda nos regaló “Do You Love Me”, misma en la que soltaron una docena de enromes globos que sirvieron para entretener aún más a la audiencia.
Y entonces sí, “Rock and Roll all night” con las explosiones confeti, el coro memorable, la guitarra rota de Paul, una última mirada a la lengua babeante de Gene, lo curioso que se ve Eric al lado de los otros tres que le sacan 10 cm y un sentimiento de nostalgia difícil de explicar. Esa bien pudo ser la última noche de Kiss en México, aunque tampoco está de más imaginar que podrían romper esa promesa y volver en el futuro, quizás a un inmueble cerrado en el que, ahora sí, trajeran todo el arsenal.
No sé si ese fue el adiós, pero si así fuera, la mezcla convulsa de recuerdos de todas sus presentaciones en la CDMX me acompañarán por el resto de mis días y probablemente, porque la promesa sólo la hice para mi mismo, cuando llegue el día en que este mundo ya no coexista con Kiss, me tatuaré el logo de la Kiss Army.
Gracias por todo Kiss, gracias por siempre.

*Todas las fotos son cortesía de Lulú Urdapilleta/Ocesa